En su DNI figura Daniel Belvedere. Formalidades. Para mí se trata, ante todo, de Lord Khyron, tal es el seudónimo con el que firma, desde hace diez años, las reviews del primer blog de alfajores: losalfajores.blogspot.com.ar.

A esta altura de la historia Belvedere se cuenta entre las grandes glorias que signaron la Internet, entre los visionarios intrépidos que traspasando fronteras instauraron nuevas posibilidades de expresión. Para que los críticos y los influencers gastronómicos coparan las redes sociales debería pasar mucho tiempo. Corría el año 2006, y el Lord de los Alfajores fraguaba una verdadera revolución…

—En una nota de Página 12 contás que el blog te cambió la vida. ¿Por qué?

Por muchos factores, entre otros que conocí a excelentes personas que hoy son amigas personales, de esos que posiblemente tengas para toda la vida. Incluso a través de conexiones conseguí posibilidades laborales relacionadas a los alfajores, como escribir para la revista Joy o tener posteos esponsoreados. Sumale eso a la cantidad de gente que te expresa admiración por algo que empezó como un chiste, que te escriban o que incluso un día uno charlando me diga “Ah, ¿vos sos el del blog? Yo te sigo hace años”. O que te inviten a medios masivos para hablar en serio de algo que a priori no parece muy profundo. Yo estudié Comunicación porque soñaba laburar en algún medio, y de repente encontrarme hablando con Mónica y César, Zloto, Rozín o Diego Ripoll fue muy loco. Todas esas cosas sin duda dejan una huella en tu vida muy grande.

—¿Cómo era el mapa cibernético cuando arrancaste con el blog?

Era increíblemente distinto a lo que es hoy: hablamos de 2006, las redes sociales estaban en estado embrionario, algunas ya existían pero acá no las usaba nadie, yo tampoco. Te enterabas de qué les pasaba a tus amigos por su estado en Messenger o si le preguntabas, y veías en Internet lo que te solían ofrecer los portales que trataban de acumular todo, tipo Yahoo. Se usaban mucho, mucho los foros, de todo tipo y color, y era donde en general se solían encontrar las discusiones que hoy vemos en Facebook.

—¿Qué estaba de moda en la Internet?

Recuerdo que los blogs estaban explotando, mucha gente los leía y los seguía, se hablaba de ellos en foros y en algunos medios, y eso sin duda me mostró que eran un buen lugar en donde expresar lo que se me cantara sin tener que pedirle permiso a nadie.

—¿Y cómo lo fuiste difundiendo al tuyo?

La difusión se logró de manera totalmente “orgánica”, por así decirlo. Yo no tenía idea de cómo difundirlo en esa época, más allá de contar en el foro 3DGames que tenía un blog y dejarlo puesto en mi firma. Tuve un par de comentarios cada tanto, pero un día se me dio por ponerle un contador externo de visitas (en esa época Blogger no te daba ninguna métrica de tu blog) y de repente vi que 100 tipos al día me leían y yo no lo podía creer. Al auge de las redes sociales tardé bastante en subirme, lo que sí hice temprano fue subir videos en Youtube, sin mucho éxito. Si hubiera tenido más tiempo creo que hubiera crecido mucho por ese lado. Y tardé mucho en entender a Twitter, algo que para mí hoy es imprescindible.

—¿Por qué al principio te mantuviste en el anonimato? ¿Cuándo decidiste revelar tu identidad?

Al principio yo quería simular que el blog no lo escribía yo, sino el Lord de los Alfajores, un personaje anónimo que rondaba las calles en busca de alfajores. Siempre fui un fan del cómic y quería ir por ese lado. De hecho hasta pensé en hacer algún cómic o algo parecido, pero no me dio. Y también está el tema de que muchas cosas que decía eran ácidas y no necesariamente representaban lo que yo pensaba, como cuando escribí sobre el Capitán del Espacio. El Lord cuenta sus aventuras en la zona sur como si fuera una expedición a una zona en guerra, y mucha gente se enojó por eso aun cuando aclaré que era todo un chiste. En un momento no me quedó otra que mostrar la cara y decir mi verdadero nombre porque me empezaron a llamar de muchas radios y me anunciaban directamente como Daniel. Al principio les pedí que dijeran sólo “El Lord” pero después se perdió. Y cuando además sacaban fotos, en el caso que yo fuera al estudio, no me quedó otra que olvidar al personaje y ser yo mismo.

—¿Existe algún vínculo “espiritual” entre ser gamer y tener un blog de alfajores?

Creo que sí, ambos aspectos de mi vida remiten siempre a nunca perder al niño interno, a vivir jugando. Una de mis frases favoritas es “uno no deja de jugar porque se hace viejo, uno se hace viejo porque deja de jugar”. Yo con 41 años sigo disfrutando a la tarde de hacerme una leche con cacao o un café con leche, junto con un alfajor y, si el tiempo me da, de agarrar el joystick y darles duro a juegos de ahora y juegos de hace 30 años por igual. Ambos aspectos remiten a lo mismo, quiero seguir jugando, sin importar la edad ni el qué dirán.

—Pregunta obligada: ¿cuáles son los tres mejores alfajores que probaste, no de Buenos Aires sino de toda la Argentina (o el mundo, incluso)?

Difícil, todos los días pienso en distintos alfajores. Sin duda la línea de Cachafaz me vuelve loco, y el de mousse es algo cercano al paraíso. Otro que amé mucho fue uno de Bariloche que me trajo una prima, cubierto en chocolate blanco y con frambuesa como relleno (sí, lo sé, para muchos es una injuria este tipo de rellenos, pero la conjunción es fatalmente deliciosa). Y te podría agregar que los Águila me vuelven loco, y seguro he probado otros artesanales mucho más ricos, pero luego de 10 años ya no recuerdo cuales fueron, jaja. Increíblemente uno que me trajeron de Colombia resulto ser más rico que muchos de acá, y hecho con materiales muy nobles, como dato curioso.

—Si pudieras sacar tu propia línea de alfajores, ¿cómo sería? ¿Tenés pensado un nombre?

Sería un gran sueño, y alguna vez me preguntaron sobre esto. Sin duda quiero que sea lo más chocolatoso que se pueda: galleta negra tipo brownie, bañado en choco amargo o con leche, con una buena dosis de dulce de leche bien cremoso, de ese en que no se notan los granos de azúcar. Como nombre no tengo algo definido pero tendría que incluir al “Lord”, algo como “los alfajores del Lord” o mismo “Lord Alfajor”.

—¿Te acordás de la primera vez que te mandaron alfajores para probar?

Creo que no me mandaron, me contactó una chica por el blog cuando todavía no tenía un año, le dije que me escribiera al mail personal, vino a la oficina del centro donde yo trabajaba en esa época y me dijo “fui a Villa Gesell y me acordé de vos, te guardé estos alfajores”. Me pareció un acto de tanta dulzura y cariño, pensar en alguien que ella no conocía, guardar algo que normalmente se les lleva a seres queridos, que lo sigo apreciando mucho más que a varios que me mandaron luego. Eso es magia, esas son las cosas de un blog que te cambian la vida: gente que no te conoce, te aprecia, sabe de vos y escucha con atención lo que vos decís.

—¿Cómo fue ese episodio en el que conociste al dueño de Cachafaz? Lo que se pueda contar.

Fue un flash, te cuento un poco cómo fue previamente. Yo tenía el contacto con un muchacho que trabajaba en la parte comercial, ya me había mandado varias veces productos. Un día me manda una foto medio borrosa para adelantarme lo que se venía: eran los alfajores de mousse, y el packaging era similar al Suchard, solo que invertido. Me contó que los iba a recibir en exclusiva antes de que salieran, para que les hiciera una review. Y así fue como unos días más tarde, apenas avisando unos minutos antes, estaba abajo este muchacho con “Mr. Cachafaz” (se presentó así, no sé su nombre real), un hombre de unos treintialgo, muy bien vestido y con gran sonrisa. Abren el baúl del auto en el que vinieron y me regalan cantidades enormes de Cachafaz de mousse y otros productos de la empresa. Fue un gran momento.

—¿Es verdad que el Havanna de los ’90 es distinto al Havanna de hoy en día? ¿Qué sabés del viejo mito que señala que el Cachafaz se quedó con su receta?

Luego de que saludé a “Mr. Cachafaz” cruzamos un par de palabras y, antes de que se fuera, le digo “Decime, ¿es cierto que sos un ex-empleado de Havanna y copiaste la receta?”, y me dice “Mirá, te puedo contar una historia, pero también puede ser mentira o verdad. ¿Qué preferís?”. No pude evitar reír y le dije “¿Sabés qué? No me contés nada, prefiero quedarme con la duda para que cuando me pregunten no tenga que mentir”.

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