Curiosa época, la de Havanna. Son tan escasos los registros que es difícil de aseverar, pero creería que desde los noventa, cuanto menos, que Havanna no lanzaba un nuevo alfajor. La colección era siempre ésta, con la tal vez única excepción del alfajor de café, hoy discontinuado: alfajor de chocolate (el clásico), glaseado (merengue italiano), de fruta, de cacao (mousse), de nuez (con chocolate blanco). Como prueba bastante fehaciente, véase Volver a los 90; sobre el final del post hay una fotografía de tres viejos envoltorios Havanna, de diseño muy distinto a los de ahora, pero de los mismos sabores: nuez, cacao y un paquete violeta que imagino será el de fruta (ahora es verde).

Pues bien: resulta que de pronto, en la transición entre el 2016 y 2017, cuando nadie se la veía venir, Havanna saca a la luz no uno, sino dos nuevos alfajores, al mismo tiempo muy disímiles entre sí. Uno de ellos, el de 70% cacao, ya fue reseñado aquí. El otro es éste, el de chocolate blanco, distinto del de nuez, sencillamente, al parecer, por la ausencia de la misma.

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55 gramos, 207 calorías.

En Facebook un muchacho de nombre Juan Andrés caracterizó acertadamente al alfajor como “muy suave y muy rico”. Yo coincido plenamente, porque, como señala la definición de la RAE, este Havanna es “liso y blando al tacto, sin tosquedad ni aspereza”, a la vez que “blando, dulce, grato a los sentidos”. Es decir, suavidad en los dos planos de un alfajor: el de la textura y el de los sabores.

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Tanta delicadeza incita a morder en cámara lenta, y entonces puede advertirse cómo la cobertura cede dócil y la galleta, principal actor, no se quiebra sino que se desgrana con calma, mullida y húmeda, y en un pasaje sin escalas, en un encadenamiento fluido y perfecto, se une al dulce de leche, que da la impresión de haber estado siempre ahí, participando de este juego armónico y homogéneo de texturas y sabores suaves.

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Ojalá fuera capaz de describir la sutileza de la esencia de vainilla que, como una aureola –nunca mejor dicho—, nimba cada tramo del alfajor. Todo se asemeja a una burda parodia al lado de la Profunda Vainilla Celestial que celestialmente entreverada con algún cítrico celeste eleva al Cielo al alfajor Havanna. Havanna, Havanna, y solamente Havanna, confundiría su mano maestra con la del propio Dios, antes incluso que el buen Rafael.

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Pruébenlo ustedes, verán que tengo razón, y que mis palabras, al igual que todas las otras esencias de vainilla del mundo, como decía, no son más que el intento bruto de rozar la verdadera esencia, en todos los sentidos del término. Pero volvamos al comienzo; esbozado un retrato aproximativo del alfajor, insertémoslo en una perspectiva histórica, tratemos de entender qué significa o cuáles pueden ser sus implicaciones.

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En un principio podemos considerar menor el gesto de Havanna de lanzar un alfajor cuya única novedad aparente es, insisto, la ausencia (ni siquiera el agregado, ese típico recurso del marketing) de un ingrediente. La poca difusión que la marca eligió concederle, y sobre todo la decisión de descubrir casi simultáneamente un alfajor casi de vanguardia (en cierto modo la antítesis de éste), tal vez refuercen esa mirada. De hecho, si revisamos las redes sociales de la empresa, encontraremos que sólo se menciona indirectamente al alfajor blanco, en el marco de una promoción que incluye una docena mixta. Pareciera que lo que realmente le interesa a Havanna no es tanto el producto mismo, que por lo demás existía en una versión reducida, “mini”, como la posibilidad que habilita de comercializar una caja de seis alfajores de chocolate negro, y seis alfajores de chocolate blanco. Como si el deseo de la marca fuera por fin completar su oferta, emprolijar su colección.

Desde este punto de vista, el gesto ya no luce tan insignificante. ¿No puede entendérselo acaso como la silenciosa culminación de una identidad que desde el origen de su historia se afanó por construir? ¿Por qué no verlo como la concreción más acabada del balance absoluto al que siempre aspiró? Al fin y al cabo, el ideal de la pureza nunca se vio mejor realizado que en la blancura impoluta, en la vainilla prístina de este alfajor casi virginal. (En el caso de Havanna, el paso del tiempo purgó sus faltas).

Y por otra parte, ¿no era muy propicia la ocasión del septuagésimo aniversario para un golpe de timón, un cambio de rumbo? ¿Es casual la notoria modernización operada en la imagen de la marca (nuevo logo y nuevos envoltorios, entre otras cosas) que siguió a este lanzamiento? Y más aún, ¿de pura casualidad aparece ahora el otro alfajor, el más revulsivo de la vida de la empresa, el más desbalanceado, que para colmo “no viene más en una caja: ahora viene en una lata”? ¿O será que Havanna necesitaba cerrar una historia para abrir otra? Deshacerse del pasado para volcarse al futuro, libre ya del peso agobiante de su propia identidad. ¿Me apresuro al decretar la muerte de Havanna? Tal vez no. Tal vez éste sea, de hecho, el fin de Havanna. El fin de Havanna, al menos, tal como la conocemos.

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