Mar del Plata es una ciudad plagada de íconos: los lobos marinos, el Monumento al Lobo Marino (que clama a los cielos), el casino-teatro, la Bristol, los alfajores Havanna, el edifico Havanna, la Escultura del Lobo Marino (que clama a los cielos) hecha de envoltorios de alfajores Havanna (Marta Minujín, of course) y, entre otras tantas cosas, los churros de Manolo. Supongo que su estatus de ciudad balnearia por excelencia desde hace por lo menos ochenta años fue lo que lentamente la sobrecargó de símbolos.

Y el tema es que, como en el caso de Atalaya, emblema también en su rubro, Manolo decidió comenzar a producir alfajores. Ahora bien, ¿cómo hacer para destacarse en la mismísima ciudad en la que surgió e impera, si no el mejor, por lo menos el más prestigioso alfajor de todo el país y de todo el mundo? ¿Por qué motivo un consumidor apostaría por la churrería (churrería: repitan conmigo) Manolo en lugar de Havanna o Balcarce o las decenas de pymes especializadas en alfajores que conviven en Mar del Plata? Ya sé, dijo el creativo, o quien sea que tome las decisiones: hagamos un alfajor tan bestial que no quepa en la boca del más jetón; un alfajor tan gigantesco que impresione al más pintado. Y agregó para sí: lo demás no importa nada.

De manera que emprendieron la fabricación del alfajor más efectista de la historia, siguiendo esa vieja receta infalible del marketing que prioriza el tamaño por sobre la calidad. Probaron un poco, copiaron el envoltorio de dubois metalizado con estrellitas y puntitos, que hoy ya es patrimonio nacional, en tamaño XXL, y lanzaron nomás un alfajor de redondos 100 gramos que, como veremos a continuación, casi triplica la altura de un Havanna tradicional.

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Ya esta maniobra a mí me hacía sospechar, porque cualquiera que desee hacer un buen alfajor prescinde de tanta suntuosidad. Y por suerte, gracias a Agustina, mi más querida y atenta lectora (tal vez la única), tuve por fin ocasión de corroborar mi presentimiento.

No voy a negar que me cautivó un poco la gigantez del alfajor, y que forzar las mandíbulas para hacerlo caber (no había manera de proscribir el doble sentido) entre mis dos filas –completas— de dientes, me gustó un poco. Pero ese placer no duró mucho.

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Fuaaaaaaa…

Tal y como había supuesto, el chocolate es malísimo. Caía de maduro. Emplear un buen chocolate es caro, y disimular que no lo hacés, todo un arte cuya práctica dominan unas muy pocas empresas (Jorgito entre ellas). Lo más curioso es que en el paquete se informa que la cobertura es de chocolate real: en ese caso, ha de ser el peor chocolate del universo, porque su calidad no es muy superior a la de un alfajor de tercera marca. Lo que siempre sucede: textura plasticosa y sabor débil: apenas un dejo semi-amargo que no engaña a nadie.

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Estoy chocho con esta foto que saqué.

Por dentro está compuesto mayoritariamente de un bizcochuelo que parece hecho a desgano por estudiantes de quinto año: no puede decirse que no tiene sabor, porque sabe a mala imitación de chocolate; por lo demás, aunque raya la sequedad, es comible y bien esponjoso; así se salva de la tragedia. Creo que a esta preponderancia del bizcochuelo en las proporciones generales se debe la baja cantidad de calorías: 250. No es mucho, si tenemos en cuenta que pesa 100 gramos y que la mayoría de los alfajores triples aporta entre 280 y 350 calorías.

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El dulce de leche es el único elemento destacable. Si en esa pradera inhóspita que configuran a dúo la pésima cobertura y el feo bizcochuelo se hace posible vislumbrar un horizonte de esperanza, es gracias al dulce de leche, que a pesar de ser un poco pastoso tiene una frescura y una gracia prodigiosas, en comparación con el paisaje desolador que lo cerca.

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Y eso es todo, en líneas generales. Aunque para ser sincero la experiencia tuvo algo de dichosa, sobre todo por la novedad, no hay mejor momento que éste para invocar la conocida exhortación: Manolo, andá a freír churros.

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