Tengo tan desarrollada la sensibilidad, que soy capaz de percibir la más mínima alteración en la paleta de colores del estante de alfajores de un kiosco. Esta suerte de instinto, poco útil en términos darwinianos para la supervivencia de la especie, resulta en cambio plenamente provechoso a la hora de detectar la aparición de un alfajor nuevo.

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Hace dos semanas sonó la alarma: un inédito envoltorio de color rojo y dorado se había colado de súbito en montones de kioscos. En algunos casos, silenciosamente, como un alfajor más. En otros, los kiosqueros entusiasmados instalaron directamente la caja exhibidora en el lugar más visible: deseaban que la llegada del alfajor Tanguito no pasara desapercibida.

Pero a los consumidores distraídos se les escapó un detalle nada menor, que indagando un poco se podía inferir de la letra –muy– chica del envoltorio. “Producido por Ensincro S.R.L.”. ¿Y quiénes integran esta sociedad misteriosa? Nada menos que los creadores de Cachafaz.

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Así y todo, Tanguito y Cachafaz son oficialmente dos marcas distintas, lo cual desde el punto de vista del marketing es totalmente comprensible. Porque la imagen de Cachafaz es una imagen muy cuidada, muy distinguida, perfectamente premium. El Tanguito, en cambio, desde que viene envuelto en flow pack (es decir, en un paquete de plástico sellado) para extender a cinco meses su duración, manifiesta una aspiración muy distinta. Lanzar un alfajor de estas características bajo la insignia de Cachafaz implicaba perturbar esa imagen tan nítidamente delineada.

Todo esto no nos impide advertir que el alfajor Tanguito es la primera incursión en el terreno popular (segmento medio, diríamos) de una empresa que hasta el momento sólo había sabido materializar su proyecto, su ética, en productos caros. Hasta acá, ésa había sido la condición sine qua non. Por eso, ¿comprenden el desafío que suponía honrar las exigentes premisas de la marca (eso de responsablemente rico) disminuyendo de algún modo el costo de producción? Y se trata de una disminución considerable.

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El precio sugerido del Tanguito es, al 10 de junio de 2017, de $12,50. Apenas más caro que el Jorgito. Después, que algunos kioscos inescrupulosos lo vendan a $20 es otro asunto. Debería costar, en líneas generales, entre $13 y $15. Y no son muchos los alfajores que pertenecen a este segmento; si dejamos de lado a Jorgito, Terrabusi y Capitán del Espacio, y obviamos los alfajores triples que suelen ser más caros, sus competidores directos vendrían a ser Suchard, Bagley, Milka, La Recoleta y los casi desaparecidos Smack y My Urban. Nada muy difícil de superar.

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50 gramos, 190 calorías.

Detengámonos un segundito, antes de pasar a los aspectos nodales de la reseña, en la parte estético-conceptual del alfajor Tanguito. Su diseño está, en cierto modo, influido por la corriente reivindicatoria y actualizadora de lo vintage que tan de moda se puso durante los últimos años. Indudablemente tiene algo de palermitano. Sin embargo, a diferencia de los bares afrancesaditos de Palermo, acá el retoque se opera sobre una estética originariamente argentina (o más o menos argentina. Todo vino de Europa en algún momento, después se asimiló): la de los bodegones antiguos sobre cuyo embaldosado se replicaba el motivo de un tablero de ajedrez (es el caso del Café de García de Devoto, por ejemplo). Y el nombre, desde luego, remite a un personaje de la cultura popular, ligado al igual que El Cachafaz (Benito Bianquet, bailarín de tango) a la música, aunque Tanguito condensa sin dudas un peso simbólico bastante mayor.

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En cuanto al alfajor… no dilataré mucho más mi dictamen: está muy bien. Pesa 50 gramos, es compacto, prolijo en sus formas. Podríamos definirlo como un Cachafaz de batalla, menos lujoso y menos sutil. Pero hay reminiscencias claras: por ejemplo, ambas galletas comparten esa textura como de polvo que prácticamente las hace pasar inadvertidas (aunque acá, como se ve, ocupa mucho más espacio). Y el espesor del dulce de leche, su textura reconcentrada, la presencia (no la proporción) y la oscuridad de su sabor (que en el Tanguito se resuelve en opacidad), son también similares.

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Pero, claro, la cobertura sí que es radicalmente distinta. Era imposible competir en el segmento popular empleando el mismo gran chocolate que recubre al Cachafaz. De los tres componentes que participan en un alfajor, el más caro es, siempre, la cobertura, y ya hemos comprobado que si bien es habitual que el dulce de leche sea cuanto menos aceptable en casi todos los casos, con los baños de repostería sucede todo lo contrario: generalmente es malo. El Tanguito también está cubierto de baño de repostería, aunque su calidad es muy superior a la media. No destaca, a diferencia del chocolate real del Cachafaz, por un aroma excéntrico, único, inconfundible… su esencia es mucho más típica, un extracto de limón más bien genérico; pero es considerablemente gruesa (¡y crocante, eso es fundamental!) y tiene un sabor a chocolate amargo bastante más genuino e intenso que el de la media.

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Es cierto: hay algo de patinoso en la superficie de este baño de repostería, y el sabor no se desprende tan fácilmente como cuando se trata de chocolate real. Pero aparte de eso, debemos mencionar una virtud que en Cachafaz destacan mucho: la cobertura está fabricada con aceite vegetal interesterificado y, por lo tanto, no contiene grasas trans.

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Los muchachos de Ensincro S.R.L. superan con éxito la dificilísima prueba de fabricar un buen alfajor masivo; el que ofrecen es un producto tan digno como los otros, sólo que más impersonal y menos llamativo. Ahora queda otro interrogante por dilucidar: ¿podrá el alfajor Tanguito hacerse dueño y señor de su categoría? Las condiciones están dadas, no sólo por su buena relación precio-calidad, sino porque cuenta de antemano con dos ventajas invaluables: una capacidad de producción ya desarrollada y un circuito distributivo totalmente consolidado (además de la confianza ciega de kiosqueros y supermercados chinos), que fue lo que facilitó esa difusión casi inmediata que mencionaba al comienzo. Por supuesto, será un proceso lento; los hábitos de nosotros los consumidores son duros de moldear; pero, en todo caso, el porvenir luce bastante favorable.

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